La celebración de la Navidad

A los cristianos nos corresponde reivindicar el carácter religioso de una fiesta que puede llegar a desnaturalizarse en tal medida que se olvide lo esencial: el Nacimiento de nuestro Mesías y Salvador, Jesucristo el Señor

Con la llegada del mes de diciembre, por todos los rincones del mundo se va preparando la celebración de una nueva Navidad del Señor. Las calles de nuestros pueblos y ciudades se iluminan con artísticos alumbrados, en casa montamos el
Nacimiento, en numerosos balcones aparece la sagrada imagen del Niño Jesús, en las tiendas y centros comerciales se afanan por hacer presente la festividad que se va acercando, los niños esperan ansiosos la llegada de los Reyes Magos, etc.

Una celebración, la de la Navidad, que no trae indiferente debido a su enorme arraigo en la sociedad. Todos hemos participado y seguimos participando, de una forma u otra, en ella. A nadie escapa que la participación en la Navidad no es exclusivamente religiosa. Y a nadie deberá escapar la incongruencia de quien, no conforme con disentir del significado religioso de estos días, intenta darle un significado distinto para justificar su implicación.

En la Nochebuena, cuando el Verbo se haga Carne y acampe entre nosotros, la imagen del Niño Jesús debería servirnos de acicate en nuestro quehacer personal, incluso a los que están más alejados de la fe. ¿Quién es este Niño cuyo nacimiento al cabo de veinte siglos sigue conmoviendo al mundo con estremecimientos de júbilo? ¿Qué valores debemos aprender del alumbramiento de la Virgen María, cuando derramó sobre el mundo la Luz verdadera? Dios, que nace entre resplandores de santidad, se nos presenta recostado en la humildad de un pesebre. Jesús nace como luz que viene a iluminar nuestra mente y debe resplandecer en nuestras obras. En el Portal están presentes la benignidad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo. Él se nos presenta como Príncipe de la Paz (cfr. Is 9, 5). El Santo Padre
Benedicto XVI, en la homilía de la Nochebuena del pasado año, decía: «Este niño es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra […]. Él ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios. Este niño ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir a la tiranía del poder». Cristo es el portador de la promesa de la paz. Volver la mirada hacia Él es aprender de sus enseñanzas. Incluso ahora, en el pesebre sin articular
palabra, nos da lecciones de paz y amor.

A los cristianos nos corresponde reivindicar el carácter religioso de una fiesta que puede llegar a desnaturalizarse en tal medida que se olvide lo esencial: el Nacimiento de nuestro Mesías y Salvador, Jesucristo el Señor. La profusión de luces,
regalos y demás complementos serán buenos en la medida en que nos acercan al Misterio de la Navidad y así, inmersos en la celebración navideña y con los ojos puestos en la Sagrada Familia, cambiemos nuestra vida un poco a mejor.

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