La ruina de la familia

Artículo de opinión de Macario Valpuesta

No cabe la menor duda de que estamos viviendo una serie de cambios vertiginosos e insospechados en todo lo relativo a la familia. Desde hace milenios, esta institución ha sido el núcleo de la sociedad, la Macario Valpuestacélula que ha servido para garantizar el nacimiento y la educación de nuevos ciudadanos, elemento este nada anecdótico ni secundario, ya que es el que sirve para renovar la comunidad y el único que garantiza su continuidad en el tiempo. Cicerón, antes de Cristo, llamó a la familia “principium urbis et quasi seminarium reipublicae” para indicar su carácter previo e informador del Estado, no una institución creada y moldeada por este, como muchos modernos creen.

Por otro lado, da la casualidad de que los individuos de la especie humana necesitan un larguísimo período de crianza y de aprendizaje antes de alcanzar la edad adulta. Seguramente este es un rasgo evolutivo que nos ha diferenciado de otros seres vivos en un sentido positivo. Los demás mamíferos pueden valerse por sí mismos apenas horas después de nacer y alcanzan la madurez sexual a los pocos años. Un individuo de la especie humana, en cambio, necesita cuidados de todo tipo, muchos de ellos muy sofisticados, al menos durante casi dos décadas. De hecho, la transmisión de la “cultura”, en su sentido más amplio, exige un larguísimo periodo de tiempo, precisamente por su complejidad. En esa transmisión, los “contenidos conceptuales”, que normalmente se adquieren en la escuela y en la universidad, son tal vez los que ocupan la menor parte, ya que resultan mucho más importantes otros aspectos, muchos de ellos inconscientes, que conforman la verdadera esencia de la “tradición”. Entre ellos estarían los hábitos y actitudes ante la vida, la forma de entender el mundo, los valores, las esperanzas, los afectos, las lealtades… Hasta ahora, la experiencia ha demostrado con creces que la institución que mejor garantiza ese proceso de continuidad y renovación de las sociedades es la familia, en la cual el hijo tiene cerca, por norma general, a un padre y a una madre comprometidos con su realización personal y que le sirven de referente vital. Los que nos dedicamos a la Enseñanza sabemos hasta qué punto las separaciones de los padres son traumáticas para sus hijos y suponen una adversidad en su proceso de maduración. Hay que concluir, por tanto, que el matrimonio monógamo y permanente es un bien para la sociedad, un bien que sería conveniente mantener en lo posible.

Pero resulta que este esquema familiar que tan bien se adapta a nuestro modo de ser como especie ha entrado en crisis de una manera alarmante. Los ataques contra esta institución empezaron con la modernidad, pero en los últimos años han alcanzado un nivel casi insoportable, que nos puede llevar a un suicidio colectivo a corto plazo. El divorcio, por ejemplo, comenzó en nuestro ámbito como una especie de “ultima ratio” para aquellos casos -que se sentían como excepcionales-, de fracaso de la convivencia conyugal. Hoy, en cambio, este remedio se ha banalizado conforme al proceso típico de “pendiente resbaladiza” y, por eso, tenemos el famoso “divorcio express”, de modo que el matrimonio se ha convertido hoy en un contrato basura que se puede rescindir con mayor facilidad que la permanencia con una empresa de telefonía. Los que tanto se preocupan por la precariedad laboral no se dan cuenta de las terribles consecuencias que se derivan de la precariedad familiar en la que se cría ya la mayoría de nuestros jóvenes.

Durante años se insistió en que el firmar papeles no servía para garantizar el cariño en la pareja ya que eso era un formulismo burocrático, y que, por tanto, el amor debería ser libre. Esta vieja cantinela ha tenido éxito y hoy vemos cómo muchos jóvenes y no tan jóvenes se arrejuntan y se separan con la misma facilidad con la que otros nos mudamos de ropa. Y, sin embargo, muchas parejas homosexuales a las que hoy nadie les pone pegas para que vivan juntas, parece que necesitan imperiosamente “regularizar su situación” y exigen papeles que forzosamente solo pueden ser calificados como “matrimoniales”. Esto es atizarle a la familia por un lado y por el otro.

Hasta ahora, nuestras especiales características biológicas exigían de forma natural que la reproducción se verificara en el encuentro sexual entre un hombre y una mujer. Pero estamos a las puertas de una nueva revolución en este punto, ya que a partir de ahora va a ser posible manipular y seleccionar a los embriones para producir especímenes a la carta, convirtiendo a los hijos en un producto que se adquiere en un mercado de bebés. Aunque esa realidad todavía no está muy desarrollada, más actualidad tiene la posibilidad de alquilar los vientres de otras mujeres para albergar la vida que se “encarga” o “contrata” por parte de otras personas que solicitan este “servicio”.

Lo malo de todo es la falta de principios de muchos “liberales” que se escudan en la libertad personal para ver con toda naturalidad estos nuevos “contratos”. Al igual que las antiguas nodrizas alquilaban sus pechos para alimentar a niños ajenos; o del mismo modo que un futbolista vende la fuerza muscular de sus piernas a cambio de un dineral, ¿por qué no va a poder una señora alquilar libremente su vientre si hay demanda? Eso es lo que dicen ellos.

De hecho, es verdad que estamos ante un fenómeno que no es fácil de impedir, salvo por lo que tiene aún de complejidad técnica. Si hay alguien dispuesto a pagar a otros, por ejemplo, para que le sieguen los campos, seguro que aparecerán personas dispuestas a hacerlo: les llamaremos braceros o jornaleros, aunque nadie ha puesto nunca pegas en cuanto a la moralidad de esta relación laboral. Si hay alguien que ofrece un buen dinero para que otros luchen o hagan la guerra por él, pues es probable que muchos acepten. Sobre estos mercenarios ya habría más cosas que decir, sobre todo en función de cuál sea la causa por la que luchan. Desde la más remota Antigüedad ha habido hombres dispuestos a pagar por sexo y, en consecuencia, muchas mujeres han estado dispuestas a aceptar el trato. El baldón social que han tenido que soportar estas “profesionales” pone a las claras cuál es la opinión tradicional que siempre se ha tenido al respecto, y nos exime de probar la evidencia de que no siempre es correcto ni moral arrendar tu cuerpo, aduciendo como excusa que es una transacción hecha entre personas libres y adultas.

Pues bien, parece ser que ahora hay personas dispuestas a encargar a otras que les produzcan “hijos”, bien sea por que ellos no pueden tenerlos de forma natural, bien sea porque se quieren ahorrar las molestias de su gestación o incluso porque desean tener garantías sobre el producto final. Porque ¿hay alguien tan ingenuo (o tan cínico) que crea que habrá mujeres dispuestas a ofrecer su cuerpo “gratis et amore”? ¿Hay alguien tan ingenuo que no se dé cuenta del negocio que están oliendo muchos laboratorios médicos? Pues por lo visto sí, hay muchos: nuestros políticos españoles, todos tan tolerantes y progresistas.

En cualquier caso, tratar como mercancía el nacimiento y la gestación de seres humanos es un nuevo ataque a la familia, una institución cuyo colapso, sin duda alguna, traerá como consecuencia inevitable la ruina de toda la sociedad.

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