La instalación de la Guardia Civil en Mairena del Alcor

La vigilancia de Los Alcores fue encomendada a la línea de Carmona, al mando del alférez de caballería Francisco Lasso, hijo de uno de los más ricos terratenientes de la Ciudad

El bandolerismo tuvo su periodo álgido en Andalucía durante la época romántica, entre la Guerra de la Independencia y la creación de la Guardia Civil debido, entre otras razones, a la debilidad de las fuerzas destinadas a su represión. Nuestra comarca ejemplifica perfectamente este fenómeno. Las  partidas organizadas por los ayuntamientos no resultaban eficaces para contener la acción de bandas organizadas y partidas de envergadura como los Niños de Écija o la banda de los Carmonenses. Las dos compañías de Escopeteros Voluntarios de Andalucía resultaban insuficientes para frenarlas y hubo de recurrirse a la movilización de unidades militares como el regimiento de cazadores de Numancia  y otras similares. Pero su retirada puso a las autoridades ante la necesidad de crear una fuerza de orden público realmente grande y efectiva.

En 1844 el general Narváez nada más ocupar la Jefatura del Gobierno y la cartera de Guerra, impulsó la organización de una fuerza de orden público de carácter militar encargada de la represión del bandolerismo. Encomendó su organización a Francisco Javier Girón, II duque de Ahumada. La Guardia Civil, creada ese mismo año, recogía algunos elementos del proyecto de  “Salvaguardias Nacionales”, diseñado por su padre, el IV marqués de las Amarillas, en 1820 cuando era Ministro de la Guerra, y otros tomados de la Gendarmerie francesa. Para estimular la incorporación, el Gobierno ofreció facilidades para que los licenciados del Ejército sentasen plaza en el cuerpo y disolvió las Compañías de Escopeteros de Andalucía, ordenando que sus miembros se incorporasen a la Guardia Civil.

La Guardia Civil en Los Alcores

En octubre de 1844 pasaron revista los primeros miembros del tercer tercio ante el coronel José de Castro, tras lo cual fueron distribuidos por los puestos de las provincias de Sevilla, Córdoba, Cádiz y Huelva. La provincia de Sevilla fue asignada a la segunda compañía de infantería del tercer tercio, al mando del teniente coronel graduado de infantería Carlos Gardyn. Contaba con 233 guardias de infantería y 71 de caballería, distribuidos en 7 líneas con un total de 35 puestos. Un año más tarde, en septiembre de 1845, el tercio había alcanzado una cifra total de 320 hombres de infantería y 120 de caballería.

La vigilancia de Los Alcores fue encomendada a la línea de Carmona, al mando del alférez de caballería Francisco Lasso, hijo de uno de los más ricos terratenientes de la Ciudad. Se componía de tres puestos de infantería, situados en La Campana, Carmona y Mairena, y un pequeño destacamento de caballería acuartelado en Carmona. Durante el año 1846  el Comandante provincial de la Guardia Civil fue completando los puestos de la comarca, distribuyendo pequeños destacamentos en puestos ubicados en las diferentes localidades.

El cuartel de Mairena del Alcor

El Jefe Político de la Provincia de Sevilla ordenó el despliegue inmediato de los guardias. En marzo de 1846 ordenó al Ayuntamiento de Mairena disponer el alojamiento temporal de un cabo y 4 guardias, mientras se organizaba de una forma más estable la estructura de la línea. Se alojaron en una sala alta de la casa capitular, mientras localizaban un edificio más adecuado para instalar el cuartel. En un principio se propuso establecerlo en una sala del edificio del pósito, el único edificio municipal disponible. Pero el local resultaba claramente insuficiente. Sólo disponía de una sala libre, pues las restantes las ocupaban la propia panera de grano, la escuela primaria y la sala en la que habitaba el maestro.

El primer destacamento se estableció en abril y pronto surgieron los primeros problemas de espacio. La falta de otro local adecuado en la villa y la escasez de fondos obligaron al Ayuntamiento a instalar el cuartel en una casa desocupada situada en la calle Arrabal, propiedad del Alcalde. Por orden del Jefe Político de la Provincia, que la inspeccionó en julio de 1846, se aprobó su uso como cuartel, pagando la villa un alquiler diario de 3 r. durante un año. El Ayuntamiento costeó su reforma para acondicionarla al nuevo uso. Las obras comenzaron en el verano de 1846 y se vieron retrasadas porque la cuadrilla de albañiles debió atender también diversas obras en el matadero, la cárcel y el cementerio de la localidad. Finalmente el destacamento fue completado en mayo, alcanzando la cifra total de 12 guardias.

Para reunir el dinero necesario el Ayuntamiento estableció varios arbitrios, autorizados por el Jefe Político, para financiar las obras del cuartel, y se aplicaron a este fin el sobrante de las multas y otros fondos menores. Finalmente la villa consiguió que Hacienda le descontase los 3.305 r. empleados en el alquiler de la casa y las obras de cuartel del cupo de contribuciones de la Villa.

Como unidad de carácter militar, fue equipada por las maestranzas del Ejército, lo que permitió dotarla de armamento de calidad, superando de esta forma las deficiencias de las partidas y milicias levadas con anterioridad. Los guardias de a pie estaban equipados con un fusil propio de la infantería ligera (dos dedos más corto que el de la infantería de línea), de calibre 15 en libra, sable de infantería, pistola pequeña, cartuchera para cuarenta cartuchos con correa, tahalí y ceñidor de ante de su color con una chapa sencilla con la cifra G.C. y mochila de hule encerado negro con correas de ante. La caballería estaba equipada con carabina de montura, bayoneta, dos pistolas de arzón, espada de caballería de línea, cinturón y cartuchera con correa de ante de su color y gancho para la carabina.

El Ayuntamiento debía pagar el prest de los guardias, una ración diaria de pan por persona. En el fondo era una vieja carga conocida por los ayuntamientos, obligados a entregar a las tropas el suministro de utensilios, según se recogía en la real orden de 16 de septiembre de 1828. Las corporaciones municipales podían descontar su importe de las contribuciones cargadas sobre la localidad. Así, por ejemplo, Mairena suministraba a la guarnición del cuartel local en 1850 una media de 230 raciones de pan al mes. Este coste quedaba sobradamente compensado por el ahorro que suponía la supresión de las partidas y milicias, innecesarias desde que la Guardia Civil cumplía sus funciones como fuerza de orden público.

La actuación de la Guardia Civil en la comarca

Desde su instalación los destacamentos de la Guardia Civil desplazaron rápidamente a las partidas vecinales como fuerza de orden público, realizando buena parte de sus actividades, como rondas de vigilancia del término, patrulla por los  caminos o el apoyo a los alguaciles y recaudadores municipales en la cobranza de las contribuciones como medida de seguridad. 

Durante su primer año de estancia en la villa el destacamento realizó las tareas anteriormente encomendadas a la partida vecinal. Así aparecen registradas la detención de algunos borrachos alborotando por las calles de la localidad, varios vecinos heridos por participar en peleas, el arresto de varios desertores del ejército, la detención de los ladrones que robaron a un arriero en la calla Ancha o la de dos vecinos de El Viso que fueron arrestados con tres jumentos cargados de aceitunas robadas en Mairena. Y también otras actuaciones de mayor envergadura como la detención de una cuadrilla de salteadores de caminos que realizó varios atracos a arrieros y viajeros en el camino entre Gandul y Arahal. Tras la denuncia efectuada por un arriero, una patrulla de guardias detuvo a los tres delincuentes en un ventorrillo construido junto a dicho camino.

También se encargó la Guardia Civil de la conducción de los presos en tránsito, aunque las cárceles seguían siendo municipales y por lo tanto continuaban bajo responsabilidad de los ayuntamientos. Todavía durante los primeros años algunos vecinos armados acompañaron en ocasiones a los guardias como unidad de refuerzo. Las guarniciones de los puestos de Los Alcores realizaban los traslados de forma coordinada, dedicando un día a la semana en función de las necesidades de cada partida. Esta disposición creó problemas a las cárceles pequeñas como la de Mairena, al acumularse durante muchos días presos de diferente procedencia en espera de traslado. Algunas veces llegaron a concentrarse en la cárcel hasta 30 presos, hacinados en una cárcel excesivamente pequeña. La villa propuso a los oficiales de la Guardia Civil que coordinasen los traslados entre las diferentes cárceles para que los presos no permaneciesen tanto tiempo en la villa.

El prestigio de la unidad se asentó rápidamente. En un principio el ingreso no resultaba muy atractivo y los licenciados rehusaron engancharse. Pero al consolidarse la unidad e ir adquiriendo prestigio, la situación cambió y varios jóvenes maireneros se incorporaron a la unidad. Sólo diez años después de su instalación, en 1855, en el joven Antonio Franco obtuvo la exención del servicio de armas gracias a que sus dos hermanos mayores se habían incorporado a la Guardia Civil tras licenciarse del Ejército, y el debía permanecer en su casa para mantener a sus padres, ya ancianos.

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