Constanza

Cuánto debe Mairena a Constanza, sin ella los hermanos Gavira no nos hubieran llenado de monumentos nuestro pueblo

Con el gran cariño que le tiene a su madre, y con el arte extraordinario con que sabe modelar Antonio Gavira (“Antonio Constanza”) ha hecho un busto de su mamá joven ayudado por una foto de aquellos años. Qué linda está Constanza. Qué buen gusto tuvo Ciriaco para enamorarse de ella. Ahí aprovechó como una buena obra de arte. Porque en ese hogar todos han sido artistas. Desde las bonitas botas de Mairena (aún habrá quien conserve alguna de ellas) hasta la forja espléndida de los Alba con martillo y fuego, tenazas y horno de fundición. El primo Ignacio ha quedado como el último del clan. Los balcones y ventanas de su arte llaman la atención de cuantos nos visitan.

Como buena mamá mairenera, Constanza fue pródiga en natalidad. Desde Antonio hasta el Chano. Entonces no había problemas de que los hijos vinieran al mundo. Familias numerosas. Y habilidad de las mamás para que el “cuchareo” llegara a todos. No había problemas de “caprichos milindrosos”. Si no lo comías, te quedaba para la noche. Las sabrosas naranjas de las huertas colaboraban en la tarea.

Para mí, Constanza era la mujer de la paciencia. Entrando y saliendo los niños para los pasitos de Antonio y ella nos miraba sonriente en nuestro deambular por la humilde casa. Ciriaco alguna vez levantaba la vista para vernos pasar. En la otra casa el tío Jesús martilleaba con fuerza el hierro incandescente para que adquiriera su forma. Afloraba el arte. Faltaba el buen cante.

Los niños crecían, faltos de una alimentación abundante, pero sobrados de cariño. Y Constanza vio partir a Antonio para “estudiar”. No era lo normal entre los adolescentes de familias con graves dificultades económicas. Pero a Antonio le vieron “cualidades”. La mamá vio marchar a su primer hijo. Las niñas quedarían todas en casa con las faenas o ayudando en otras casa. A Constanza no le venía mal. No había lavadora y la ropa, aunque sencilla, siempre planchada. Y había que acomodarla desde el mayor (o algún pariente ), a los más pequeños. Y los colchones y sábanas remendados. De todo tuvo la esposa de Ciriaco gran experiencia.

Mientras escribo el artículo, llega la noticia del fallecimiento de Ciriaco, el hijo de Constanza, bastante delicado de salud, pero lleno siempre de optimismo y ganas de vivir. Inexplicable el que rebosara tanta alegría y positividad en el estado en que se encontraba. Aparece esa fuente de vida y superación que supo imprimir tan buena mamá a sus hijos. Una familia que afrontó tantas dificultades sólo podía fructificar en unos resultados tan halagüeños. Desde la presencia de Dios, Constanza habrá abrazado a su hijo en la satisfacción.

Cada uno de sus hijos ha desarrollado sus valores. Desde Antonio, el mayor -profesor insigne en las artes-, hasta Chano, buen artista de restauración. Jesús supo elegir a tiempo cuando ante la posibilidad de una beca en Bellas Artes, sus papá Ciriaco lo puso en la disyuntiva: o aprovechaba la beca o se sentaba con su papá en la mesa de zapatero. Supo decidirse. Hoy tenemos otro gran maestro en la escultura.

Cuánto debe Mairena a Constanza. Sin ella los hermanos Gavira no nos hubieran llenado de monumentos nuestro pueblo. Quizás falte el dedicado a tan buena mamá. Y a su inseparable Ciriaco.  Las artes se hacen vida en los rincones y plazas por donde paseamos porque Constanza llevaba esa gracia en sus venas y la transmitió a los suyos. Y los Alba y los Gavira lo han hecho florecer en “frutos” que han de admirar los maireneros y los que nos visitan. Tengo la suerte de poseer alguna muestra.

Que este linaje de artistas no se pierda en sus nietos o biznietos. Lo llevan en la sangre. En Mairena hay mucho arte, en el cante, en la pintura y escultura, en la ‘forja’, en historiadores e investigadores, en la vida profesional. Constanza ha contribuido bastante a ello. Que nuestra gratitud y reconocimiento nunca le falten.

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