Del pasado

El pasado no es sólo para añorar, sino para aprovechar todo lo bueno que nos ofrece y corregir lo que no nos gusta

Artículo publicado en la Edición Papel nº 124 Febrero-2019

Un pueblo que sabe valorar el pasado, siempre mejorará el presente. Sabrá corregir y encauzar. El pasado no es sólo para añorar, sino para aprovechar todo lo bueno que nos ofrece. Y corregir lo que no nos gusta. Los preciosos artículos del Dr. Navarro, y que se publican en este periódico, lo evidencian.

La Mairena monumental, la de las juderías, la calle real, el arco, la hermosa parroquia con su torre perfecta y esas campanas, que suenan a catedralicias. Un orgullo para la población mairenera.

En reciente edición del “Diario de Sevilla” y en páginas ofrecidas a típicos monumentos sevillanos, se nos muestran clásicos lugares maireneros, junto a otros de la provincia de Sevilla: el cortijo cerealista de Luchena (s. XIX), el “molino harinero de S. Pedro (s. XV-XVI), el puente de Gandul, junto a otros de la provincia de Sevilla. Lugares donde hemos hecho excursiones, bajando desde el Cebrón, pasando por los molinos de la Vega, atravesando la vía hasta penetrar y caminar valientemente a las orillas del Salado, contemplando el agua cuando corre. Incluso a los que pescaban llenos de paciencia.

Un pueblo que sabe valorar el pasado, siempre mejorará el presente. Sabrá corregir y encauzar

Puras aventuras infantiles entre las chumberas del camino, invitados a llevar la caña y conseguir algunos higos, que se comían junto a la Fuente Gorda, o en la Fuente de Alconchel, después de jugar a la pelota en el camino. Los pelícanos del castillo revoloteaban sobre nosotros.

Mairena rica en agua, en costumbres, en personas sencillas, en hombres y mujeres de vestidos negros, delantales de cuadritos,  detrás de sus puertas observando a los que pasan por la calle.  Mairena la de Luchena, la de los Molinos, la de los Alcores. La del castillo y la parroquia de linda vista. La de la Tajea, con las vecinas lavando a mano y la ropa tendida en los yerbales. La Mairena que vivimos de pequeños, correteando por el empedrado de las calles (las que los tenían). La de la plaza de Abastos, con su olor a pescado y los puestos de las frutas pregonadas por las vendedoras.

No añoramos, sino recordamos con cariño por los bellos sueños, que nos quedan del pasado. Partidos con las pelotas de trapos con los amigos del barrio o los otros barrios maireneros.

Es la Mairena del pasado, la de nuestros recuerdos infantiles, la del correteo por la Plaza de las Flores, la de las visitas al Cristo los viernes por la tarde-noche.

Los monumentos de Mairena forman parte de nuestro día a día

Es la Mairena grabada en nuestras retinas. Y en nuestro corazón añorante, y en la alegría de que la vivimos como parte de nuestra historia personal.

Es la Mairena de su Semana Santa, de la Soledad que culminaba las procesiones, de la Humildad, de Padre Jesús, con su calvario y el sermón de las Siete Palabras; y la Vera Cruz, con sus abundantes saetas en la Plaza de las Flores.

La Mairena de las visitas al castillo, con Angelito recibiéndonos, con Dña. Dolores sentada en su precioso patio-jardín; con el corretear por las murallas, con la visión inmensa de la Vega multicolor.