PATRIOTAS ALCOREÑOS

Ya cuando los reyes estaban aparcando los camellos, en los mentideros gaditanos se pronosticaba un año de cambio, el cierre de un periodo. Se retiraba el Selu, tras 46 años en las tablas, y se temía por el Yuyu, que lo papas duran poco. Se profetizaba que Jesús Bienvenido podría hacer de nuevo el caño al maestro Martínez Ares (como Las ratas el febrero pasado). Se hablaba de relevo, con Julio Pardo Carrillo, vástago del histórico autor, empezando una nueva era, y este año, aprovechando la ideología de su segundo apellido, podía formarla con su sindicato Comisiones Copleras. Y ya los augures advertían que más allá de las murallitas tronaba tormenta bárbara y que, con tanto dejar entrar a cualquiera en el sacrosanto templo de la guasa, un día los forasteros la iban a liar parda. Los adivinos apuntaban a poblados de la bahía y las sibilas señalaban a las tierras del gran río, donde antes llegaba el mar. Pero los machistas arúspices mayores las despreciaban, afirmando que solo los hijos de Hércules fundator podrían alcanzar la gloria en su altar.

Y se cumplió lo escrito en los sibilinos libros. El Bizcocho ha dejado “callaos” a los agoreros con una levantá  al cielo de la gloria carnavalera, trayéndose a la carrera oficial de la Giralda el trofeo primero para una agrupación hija de la por Hércules fundada, por Cesar cercada y tomada por Fernando tercero. Y es de arte hacerlo con un tipo sevillanísimo, metiendo una cuaresmal estación de penitencia en la mismísima catedral del carnal febrero. Y con una Cádiz rendida, que siseaba pidiendo silencio “pa podé scuchá”. Acertaron las sibilas, como siempre. Sabiduría callada de esa media mitad de la humanidad despreciada hasta el presente, “mujeres que sufrieron por guerreras y valientes”, con una igualdad tantas veces prometida y todavía pendiente … y así nos va.

Y sibilinamente llegó al viejo cantón El patriota, la comparsa alcalareño-mairenera que nadie esperaba, ni siquiera aparecía en las quinielas y, defendiendo el agro, los patriotas alcoreños han dado el pelotazo. Ha entrado hasta el corral y se ha llevado el tercer premio dejando un regusto de comparsa seria, con el mensaje andalucista que impregna cada verso. La voz de Blas Infante estalló, saliendo de la profundidad de sus entrañas con dignidad, gritando a los hijos de la Bética, que se alzaran orgullosos de sus raíces, reivindicando tierra y libertad.

La idea, como el buen vino de Jerez, ha necesitado tiempo para alcanzar solera, y tras años de acompasado trasiego, Jesús Gómez encontró el momento de hacer memoria (histórica), echar un rato y sacar de su fría fosa al padre de la patria andaluza en el nonagésimo aniversario de su cobarde asesinato. Compartió la carga con Francisco Javier Ramos para armar un repertorio puramente andalucista, plenamente encajado en el tipo. Reunieron amigos de anteriores agrupaciones de Mairena y Alcalá, al compás de las acertadas notas de Juan Manuel Moreno Gandul (que ya el segundo le sitúa entre ambas, sin saber “pa” cual tirar). Hizo buena su larga experiencia en las tablas del Falla con Los traidores o La tierra prometida y este año con doble cadena de ADN andalucista, que le ha valido el oro de coplas. Con el bronce de comparsa, este febrero, El patriota en la tacita de plata, ha completado el medallero.

Harto de tanta injusticia y sinvergonzonería, Blas Infante hizo caso del himno que compuso hace más de un centenar de años y se alzó de la fría tumba a la que le condenaron sus represores fascistas. Vuelve a la vida en un tipo tan sencillo como efectista, se caló las gafas y se plantó el chalequillo con trama de lacería de azulejo neomudéjar de su Casa de la Alegría, para pedir tierra y libertad a la nueva oligarquía. El padre de la patria andaluza enarboló la bandera de verde esperanza y blanca cal de inocencia, manchada del dorado albero de los alcores; desde sus alturas vislumbró Cádiz en la lejanía, que fue bastión de la libertad frente al invasor gabacho y cuna de la Constitución, y decidió marchar al foro de la crítica libre, para poner patas arriba el viejo cantón. En unos tiempos en que se extiende la intolerancia, se usa la violencia para reprimir al diferente y el político se desentiende de los problemas de la gente, es cuando más necesario es el crisol de febrero, la gran fiesta de la libertad, que todos los dictadores prohibieron y Franco aplastó fusilando a los carnavaleros.

Desde que cruzó Puerta Tierra, con el andalucismo por bandera, la trimilenaria se dio cuenta de que era comparsa seria, de las que dicen las cosas por derecho y se ganan el aplauso a pulso. Y, al igual que el propio Blas Infante, que apenas fue tenido en cuenta, se reveló la mayor sorpresa del concurso. El patriota desfiló ondeando sus colores hasta la carnavalísima plaza Fragela, por el mercader sirio que, tal vez harto de turca insidia, siguió la estela de sus primos fenicios y se vino a Cádiz a cargar para Indias. Y eso hizo el patriota, cargando contra represores, oligarcas y señoritos del pan “pringao” y flagelando a corruptos, poderosos, altivos y otras malas hierbas con sus afiladas coplas, denunciando las injusticias, la opresión y el abandono y apuntando el foco del teatro sobre la identidad, el acento y la dignidad de los andaluces y andaluzas que con su sudor y sufrimiento han forjado esta bendita tierra. Y allí, en el corazón del barrio del Mentidero, un andaluz universal, don Manuel de Falla, el gran representante del nacionalismo musical, no pudo menos que abrirle las puertas para volver a abrazar a su querido paisano regional, y marcar noches de gloria en la catedral del carnaval. El patriota ha demostrado que merecía sobradamente estar entre los llamados, como pedía el triunfador cuarteto del Gago, que no vengan los que no estén preparados.

Plantó firmemente sobre las tablas las dos columnas de Hércules, Presentación y Popurrí, pétreas piezas maestras que combinan sus pensamientos con una letra valiente, relatando con fidelidad histórica el canalla fusilamiento, asentando una atmósfera de respeto y solemnidad en el sacrosanto coso de la guasa, que fue recibida con fuerza por la cávea, convertida en febrero en el ágora de la tierra de encuentro de las cien culturas que por aquí se han asomado, que se niega a renegar de su gente, de su luz y de su acento. Su grito huele a flamenco, forjado en la fragua del pueblo con el lamento por soleares de Joaquín y la garganta pura de Mairena, el llanto de la Isla desgarrada con el chiquillo o Pastora que te hiere cuando canta, aunque sea desde el forillo. Tiene aire del quejío que rompe la madrugá desde el balcón mandando callar, para escuchar a aquellas abuelas que con su vida dieron a nuestra tierra sus cimientos, soportando el machismo, aguantando en silencio; a los que entre sudores y lágrimas trabajaron de sol a sol, comiendo de un lebrillo, resistiendo, o a los que cruzaron fronteras con un zurrón de tela para buscarse el sustento.

Y entre los dos bastiones rugieron los leones Cuplé y Pasodoble, cantando las cuentas del cordobés Gran Capitán al capitán pepero empequeñecido por Ayuso, para demostrarle que en el Sur que despreció sí sabemos contar, exigiéndole que recupere la decencia, se deje de pelar la pava con la ultraderecha y se una al patriota en la defensa de la Educación, el Empleo, la Sanidad y la Dependencia. Y denunciaron, como sus compañeros de tablas DSAS3, la tragedia sanitaria provocada por desidias y errores tapados por “falta de cojones”; las interminables listas de espera para diagnosticar un codo de tenista, que por tiempo, Alcaraz habría ganado en Australia en un viaje de pensionista; la desinformación que sufre la juventud mejor formada, por los bulos de “cuatro señoritos”, añorando la dictadura sin conocer su historia y olvidando las almas sin descanso que siguen hoy en las fosas comunes; el acoso escolar, llorado de madre a madre; la avaricia de grandes propietarios, la especulación de fondos buitres y el capricho de turistas, que ponen el precio de la vivienda por las nubes; la obsesión con la IA que dirige nuestras vidas y escribe el repertorio; la nueva adolescencia flojera que exige que se lo den todo hecho y se creen el Tenorio; los intercambios de pareja sin conocimiento; los apasionado de las drogas, que se meten de todo pero desconfían de los medicamentos; el negocio astronómico que no astral de los gurús y sus cacharros para meditar; el tren de borrascas que ha inundado media Bética y tendría que haber descarrilado antes de asomar por la Caleta, en lugar de los de Adamuz, que con tanta agua una bicolor se transformó en ikurriña y hasta a los que quieren lucir melena denunciaron los de Blas Implante.

Una reivindicación andalucista que resonó en el Olimpo blanquiverde del forillo, que abarca la rica pluralidad de nuestra tierra, con el padre de la patria andaluza traído desde la malagueña plaza del Socorro; flanqueado, nada menos, que por andaluces universales símbolos del amor a la tierra, la reivindicación y la lucha por la libertad. Como Mariana Pineda, ejecutada por bordar la bandera de los liberales, a la que ya la comparsa de las Niñas dedicó Las revolucionarias; traída desde la granadina plaza de su nombre, donde fue
elevada durante el Sexenio democrático mientras organizaban el cantón los federalistas gaditanos; o Murillo, el genial artista sevillano que plasmó como nadie el alma popular de nuestra tierra y murió cuando pintaba un gran cuadro para el gaditano convento de los capuchinos; o Pastora Pavón Cruz, la niña de los peines, musa del pintor cordobés Julio Romero de Torres, proclamada con tan solo 23 años “reina del cante andaluz”, petrificada en mármol desde su más conocido daguerrotipo en pose de baile, para estar por fin de cuerpo entero, y no a medias como en la Alameda; o el granadino Federico García Lorca, cantor del drama del mundo andaluz, organizador con Falla del primer festival de Cante Jondo, asesinado cobardemente como el patriota, por echar a volar sus versos, como una alondra, símbolo de esperanza y libertad; asesinado por quienes no aceptan que el oprimido se levante y les grite a la cara las verdades, los que prohibieron durante 40 años los carnavales, los mismos que vandalizan su estatua madrileña, instalada en la plaza de Santa Ana cuando España por fin fue admitida en la Europa de democracia militante, como tanto soñara y no pudo ver el patriota Blas Infante.

Con el inmenso balcón de la escalinata, no necesita el del papa Yuyu I ni el de los saeteros para cantarle la identidad de nuestra tierra al mundo entero. Se ha asomado de par en par a los balcones de Andalucía, que arde por febrero, sin perderse por los cerros de Úbeda poblados de olivares, el árbol andaluz verdadero: traído por fenicios, cultivado por tartesios, mejorado por bereberes, prensado por cristianos y vareado por altivos aceituneros, los de Miguel Hernández (dejado morir enfermo en una cárcel franquista) y hoy continúa, generoso, repartiendo dorada salud con la dieta mediterránea. Todo un artista.

Y en este grito hondo le ha acompañado otro patriota memorable, de afilado verbo blanquiverde, pregonero hercúleo del acento andaluz, que tiene por norte la libertad de gritar entre oriente y poniente el orgullo de ser del sur. Melkart reencarnado (al que los romanos llamaron Hércules, que les sonaba más molón), levantó en el estrecho sus columnas: Sanidad y Educación. Y cantó poniendo todo el acento en la libertad para platicar como te salga del mismísimo … cantón, el habla de Cervantes, pues, aunque de Castilla, aprendió la parla andaluza con Rinconete y Cortadillo y engendró al sin par hidalgo en la cárcel de Sevilla.

Lorca y Blas Infante, cuyas claras voces quedaron en una cuneta, tienen ya dignos herederos, con el eco de un patriota de Los Alcores y otro nazareno, que ya han hecho historia este febrero, proclamando a los cuatro vientos que Andalucía es la gloria de los cielos.

Por Doctor Navarro

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