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La Feria de Mairena del Alcor fue fundamental para la conformación de lo que hoy es el pueblo y su proyección en el exterior

La historia de Mairena del Alcor no puede entenderse sin su feria. Un acontecimiento anual que a pesar de su carácter cíclico, fue determinando a lo largo de siglos la formación de muchos de los aspectos identificativos de la localidad y su gente. Pero no sólo, ya que al ser el pueblo pionero en la organización de un evento de tal magnitud, la experiencia acumulativa de edición tras edición vino a establecer un modelo de organización, que limado año tras año para autocorregirse, además de la pertinente adaptación a las características geográficas, climáticas o de la idiosincrasia de su gente, finalmente -y por ello mismo- vino a marcar el modelo de feria que luego se ha ido reproduciendo en tantos lugares, teniendo como su expresión a mayor escala la de Sevilla capital.

Diversos investigadores y escritores han contribuido a ese estudio holístico sobre el origen y evolución de la Primera Feria de Andalucía, desde el viajero romántico Washington Irving hasta el costumbrista Serafín Estébanez Calderón, pasando por estudiosos como Jorge Bonsor, Marcelino Pérez Calvo, Rogelio Marín, Eusebio Pérez Puerto, Andrés Morales, Antonio Oviedo o José Manuel Navarro, quienes coinciden en señalar que este acontecimiento desempeñó un papel decisivo en la repoblación y desarrollo de la localidad, entre otros factores.

Sobre esas bases, la Revista Saboreando de Feria quiere hacer un recorrido por ellos a modo de síntesis en este número de su edición de 2026.

El origen de la feria y su papel repoblador

La feria de Mairena del Alcor fue fundada en 1441 mediante concesión del rey Juan II de Castilla a Juan Ponce de León, señor de la villa. El objetivo de esa concesión era claro: favorecer la repoblación del lugar, ya que el hecho de ser una zona cercana a la frontera con los territorios dominados por los musulmanes, actuaba como elemento refractario al asentamiento de población en toda la comarca, con lo que la feria actuaba como factor atrayente en sentido contrario.

Así, la feria permitía atraer población y actividad económica gracias a dos efectos fundamentales:
El abastecimiento de productos necesarios para la vida cotidiana.
La movilidad y comercio de ganados, clave en la economía rural de la época.

Este mercado anual convertía a la villa en un centro comercial estratégico para toda la comarca, generando un flujo constante de comerciantes, ganaderos y viajeros que contribuía a dinamizar la economía local.

La consolidación de una gran feria andaluza

La importancia de la feria aumentó considerablemente en 1757, cuando una Real Provisión reformó su estructura y fijó definitivamente sus fechas de celebración: 25, 26 y 27 de abril. Esta ubicación en el calendario le permitía abrir el ciclo de ferias de la Baja Andalucía, convirtiéndose en un gran punto de concentración de ganado procedente de toda la península antes de su distribución a otros mercados.

El espacio principal de la feria se situaba en la calle Mesones y la explanada del Mercado, frente a la ermita de San Sebastián, ocupando el actual paseo y la barriada cercana. Allí se instalaban centenares de puestos donde se ofrecía una enorme variedad de productos:

Alimentos: dulces, verduras, carnes y platos preparados.
Ropa y adornos personales.
Arreos para animales y herramientas.
Quincallería, armas y juguetes.

La feria, de este modo, actuaba como un imán que atraía a ganaderos y comerciantes de toda España, consolidando a Mairena del Alcor como uno de los principales centros comerciales del sur peninsular.

La grandeza y el ambiente del real de la feria

El enorme volumen de negocio de la actividad comercial de la feria generaba un intenso movimiento económico. El dinero circulaba con rapidez, lo cual atraía también a jugadores, ladrones y prostitutas, haciendo necesario establecer un importante dispositivo de seguridad.

En este campo, el orden era mantenido por:

Las fuerzas de justicia de la villa.
Un cuerpo de resguardo de unos veinte hombres dirigidos por el corregidor.
Un destacamento de tropas del ejército solicitado cada año a la autoridad militar.

Todo ello en un contexto de gran fama de la feria, que bien quedó reflejada en los testimonios de numerosos escritores y viajeros, tanto españoles como extranjeros. Entre los que pueden citarse destacadas figuras como Gustavo Adolfo Bécquer, Richard Ford o nuevamente Washington Irving.

En todo caso, la celebración también atrajo la inspiración de artistas de la escuela costumbrista sevillana, con nombres como Valeriano Bécquer, Jenaro Pérez Villaamil, Antonio Cabral Bejarano, Eduardo Cano de la Peña o el pintor francés Auguste Blanchard. Quienes en sus obras describieron el ambiente festivo, los paseos de caballos, los bailes y la riqueza de los trajes que, según Estébanez Calderón, marcaban la moda del vestir andaluz de la temporada.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII la administración de la feria estuvo en manos del duque de Arcos, pasando posteriormente al Ayuntamiento en el siglo XIX. Ello no obsta para que a lo largo del tiempo se desarrollara a modo de continuidad una compleja legislación ferial, formada por reales disposiciones, autos y bandos, destinada a regular el comercio, la fiscalidad y el orden público. Mejorar la feria, en fin, elaborando un complejo sistema que resultó tan eficaz que garantizó durante un siglo la primacía de Mairena entre las ferias andaluzas, sirviendo como modelo a otras pujantes en localidades como Écija, Villamartín o incluso Sevilla.

Ocio y negocio: el ambiente festivo

Aunque la feria era ante todo un mercado ganadero, su éxito también residía en su carácter festivo. El consumo de bebidas alcohólicas era muy elevado: algunos años se registraban hasta 100 arrobas de aguardiente, 25 de licores y cerca de 500 de vino. Un contexto en el que los cronistas han ido describiendo el ambiente que se producía, al que adjudicaron palabras descriptivas como estruendo, tumulto, alegría, diversión o bullicio. Siendo un clásico el hecho de que el cierre de los tratos de ganado se celebraba a menudo con disparos al aire y brindis en los puestos de bebidas.

¿Y qué servicios o atractivos al margen del mercado ofertaba la feria? Numerosos espectáculos, como:

Títeres, payasos y cómicos.
Volatineros y acróbatas.
Barracas de atracciones llamadas chirichinas.
Representaciones de pulchinelas, personajes grotescos del teatro popular.

Toda una oferta amalgamada junto al ejercicio ecuestre y los paseos de caballos, que constituían uno de los principales entretenimientos, incluso antes de que este tipo de espectáculos se popularizara en otras ferias andaluzas.

Sin descuido del baile, que ocupaba un lugar central en la fiesta, apareciendo constantemente en las descripciones de los escritores. Junto a él, el juego de apuestas —naipes, boliches, banca o monte— era habitual, aunque estuviera oficialmente prohibido por las leyes del reino.

Entre todo ello, la feria también ofrecía un espacio singular para las relaciones sociales. En una sociedad muy rígida, el real de la feria se convertía en un lugar donde hombres y mujeres podían encontrarse con mayor libertad, propiciando romances, galanteos y nuevas relaciones.

Mairena como modelo de la feria de Sevilla

La influencia de la feria mairenera fue decisiva en la creación de la Feria de Abril de Sevilla, inaugurada en 1847 por iniciativa de los empresarios José María Ibarra y Narciso Bonaplata.

La organización sevillana siguió de forma muy directa el modelo de Mairena del Alcor en aspectos clave como:

Disposición del real.
Sistema de mercado.
Reglamentación y seguridad.
Zonas para ganado, abrevaderos y pastos.

Cronistas sevillanos como Santiago Montoto reconocieron claramente esta influencia, afirmando que la de Mairena fue el modelo ferial que Sevilla tuvo ante sus ojos al crear la suya. Otros autores, como Gil Gómez Bajuelo, señalaron que la feria mairenera fue el “boceto” que inspiró a la sevillana.

Un símbolo de la esencia andaluza

Para muchos escritores del siglo XIX, la feria de Mairena representaba la expresión más pura del carácter andaluz. En ella se reunían:

El mundo rural y ganadero.
La alegría desbordante de la fiesta.
Los trajes y costumbres tradicionales.
La huella cultural heredada de la presencia islámica en Andalucía.

Es de destacar en este campo cómo para la visión romántica de la época, Andalucía aparecía como un territorio donde se conservaban intactas tradiciones culturales surgidas tras siglos de convivencia con el mundo musulmán. En relación con lo cual Estébanez Calderón incluso llegó a evocar en sus escritos el nombre de la villa como reminiscencia de la lengua árabe, relacionándolo poéticamente con la idea de “agua de la fuente”.

La Feria en la literatura y el arte

La fama de la feria convirtió a Mairena del Alcor en un tema recurrente del costumbrismo, ámbito en el que escritores y artistas la utilizaron para representar la identidad andaluza, a menudo en el contexto viajero y romántico del siglo XIX. A modo de síntesis, he aquí algunos ejemplos:

Tomás Rodríguez Rubí la empleó como escenario de sus poesías sobre chalanes.
Manuel María de Santa Ana la cantó en su obra Costumbres andaluzas.
Estébanez Calderón la incluyó en sus célebres Escenas andaluzas.
Pintores como Pérez Villaamil la representaron en sus vistas típicas de España.

Viajeros extranjeros como Washington Irving o Richard Ford también quedaron fascinados por su ambiente, dando fe de que a lo largo de los siglos la feria de Mairena del Alcor ha sido mucho más que un simple mercado ganadero.

Sin duda, desde su fundación en 1441 nuestra feria cumplió una función decisiva en la repoblación, el desarrollo económico y la proyección cultural de la villa, pero no sólo, pues su organización, su ambiente festivo y su capacidad para combinar negocio, tradición y diversión la convirtieron además en un referente para otras ferias andaluzas y en un símbolo de la identidad regional andaluza.

Por Antonio Bautista

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