[OPINIÓN] Ochenta y tres

He cumplido ochenta y tres años. Y no es que sean muchos (algunos lo han superado con creces), pero sí merece hacer “una parada en el camino” y recordar algunas de las cosas buenas, que el Señor me ha regalado

Artículo publicado en la Edición nº 111 Diciembre-2018

La paciencia, decía Santa Teresa, que (como escribí en otra ocasión) sació su sed con el agua fresca de Mairena y participó en la Eucaristía de la parroquia antes de seguir para Sevilla y entrar por los caños de Carmona, esa paciencia todo lo alcanza. Y con paciencia he llegado a cumplir estos años. Y no es que sean muchos (algunos lo han superado con creces), pero sí merece hacer “una parada en el camino” y recordar algunas de las cosas buenas, que el Señor me ha regalado.

Dentro de las dificultades que se vivieron en aquellos años, mi niñez fue agradable. No faltó el pan, ni para mí ni para otros que acudían a casa. Me alegra cuando escucho que mis papás “quitaron mucha hambre”. Hasta las matanzas de cada año eran fiesta para los vecinos a los que llegaba algo. Ni cariño en casa o en personas queridas como Sebastián Retamino con sus dulces “mierda de gato” (alfajores) con que nos obsequiaba casi todas las noches, faltaron.

“Fui el más rebelde de mis hermanos, sólo sujeto para hacer los deberes o aprender el catecismo”

Largo tiempo trabajaron en casa Justa, Mercedes, Oliva,… que sólo salieron para casarse,… o en la tienda Manolito Rodríguez, uno más de la familia. Mis padres fueron sus padrinos de boda. Para nosotros el tío Manolito, que cada noche se reunía con los contertulios cazadores en la puerta del “Cochero”.

Fui el más “rebelde” de mis hermanos. Sólo sujeto cuando papá me sentaba con los deberes de la escuela o con mamá me levantaba temprano para aprender el catecismo. Jugando con la pelota de trapo hacía correr al bueno del municipal en la plaza detrás nuestra. Lógicamente nunca nos alcanzaba. Los partidos más serios en la “Tajea”, delante del castillo (Hoy el Dolores Simó).

Escondido en el rincón pensaba que papá estaba descuidado en la tienda y corría hasta la “cancha”. La vuelta se hacía con disimulo. Los mayores jugaban en el camino “delconchel”. Mejor campo.

La vecindad era una delicia. A las bolas y al saltar se jugaba en la puerta de Pepe Cayetano. Regla y Lola con su mamá lo llevaban con paciencia y cariño. Mis visitas a las carpinterías eran continuas. Como si fuera mi casa. Compartía especialmente con Manolo “Telesforo”. Teresita y mamá Inés nos veían pasar continuamente. Ansiosamente se esperaba el sábado en que Telesforo traía “Roberto Alcázar y Pedrín” y más tarde, el T.B.O., que devorábamos. Luis en la carpintería hacía sus maravillas. Sebastián, Manuel y Antonio eran igualmente visitados. Mamá y Dolores nos saludaban al paso. Manuel enseñaba sus dibujos y tallas. Un artista. Antonio y papá serios con sus muebles.

Y había tiempo para que Constanza con su mirada cariñosa y agradable nos sonriera al buscar los “pasitos” de Antonio . Ciriaco miraba serio con sus botas. La forja del tío Jesús obligaba a la contemplación. Molino del aceite, fuente gorda, pilón de los mulos con verdina y mosquitos, salida del arroyo con su pequeño puente… y la casa de Teófilo repleta. Hernández en su esquina y anteriormente el teatro de lo que hoy es Casa Braulio (había que llevarse la silla) con alguna representación de Casimiro y familia.

Los atardeceres-noches para sentarnos en las puertas. Las pipas de melón tostadas y breves saludos con los que pasaban. En la noche de la Candelaria se quemaban cartones y muebles viejo. Con frecuencia Crispina se asomaba (a veces con su hijo Jacinto) para dar las “buenas noches”.

“Primero ingresé en los Salesianos de Alcalá y a los 17 al seminario, luego, me ordené en el año 59 con Andrés López”

Los viernes al terminar la cena todos con papá hacíamos la visita al Cristo. La plaza de la Flores bullía con el correteo de niños, hombres y mujeres sentados en los bancos de cerámica. Primitivo ofreciendo sus helados en los cucuruchos y emparedados de vainilla. El camión de Antoñito el cosario descargando sus paquetes.

Cada año en la noche del 19 al 20 de Julio (a las dos de la madrugada) la misa en la puerta del Cristo donde hoy está la ventana. La actual no existía. En los banquitos los críos preparados para comentar la predicación repetida de D, Manuel Jiménez Sutil y que nos llevaba a adelantarnos en lo que decía… “otro años volvemos a reunirnos…”

En este mismo lugar, bajo los grandes ventanales del antiguo ayuntamiento (sala de sesiones) se instalaban dos coches: el taxi y el de la guardia civil. Niños mayores a nosotros empujaron al de la guardia civil acercándolo a la calle Mesones. La plaza quedó limpia de niños corriendo apresurados. El juzgado, la casa de socorro, la escuela de niñas de Dña. María Luisa al otro lado del Cristo. Plaza de encantos, por donde tantos paseábamos escuchando la banda de música.

“En 83 años he podido conservar muchos recuerdos, personas, acontecimientos. Muchas experiencias,…”

En la parroquia se iban reponiendo las imágenes. La misa de diez nos concentraba. Temprano en S. Sebastián. Anselmo y el sorchantre en la parte musical con el coro de jóvenes. Los trajes nuevitos, los velos en la parte femenina. El ayuno, incluso de agua, exigente. En la tarde, paseo en la carretera al Viso o sesión de cine del “oeste”. El caballo blanco ganaba. Otros al partido de fútbol.

En ochenta y tres años muchos recuerdos, personas, acontecimientos. Ingreso en los Salesianos de Alcalá (bello colegio) y a los 17 al seminario. Con Andrés López me ordené en el 59. Juan Manuel dos años antes. Más de 58 años en diversos destinos de España y América.

Muchas personas, muchas comunidades, mucha vida. Con Teresa de Ávila se puede culminar…”quien a Dios tiene nada le falta”.

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