La gripe española en Mairena del Alcor

Por José Manuel Navarro Domínguez

El impacto de la pandemia de coronavirus ha hecho a muchos dirigir la mirada a la última gran epidemia de extensión mundial que afecto a España hace ahora poco más de un centenar de años. La Gripe Española, conocida en nuestra tierra como “gripe complicada”, recorrió medio mundo entre 1918 y 1920, cogió por sorpresa a las autoridades, que fueron incapaces de ofrecer una respuesta adecuada a la infección, y puso en evidencia las limitaciones del conocimiento científico en materia vírica, la necesidad de impulsar la investigación científica, la insuficiencia de medios sanitarios disponibles y la necesidad de responder con algo más que unas improvisadas medidas de urgencia. Cuando se aplacó, en el verano de 1920, dejaba atrás un rastro de desolación sembrado con unos 40 millones de muertos en todo el mundo. España, uno de los países con peores condiciones sanitarias y alimenticias de Europa, fue uno de los más afectados, con 8 millones de infectados y entre 200.000 y 300.000 fallecidos, porque los registros no eran muy precisos.

El origen de la epidemia parece localizarse en un cuartel de reclutamiento del Ejército de Estados Unidos en el invierno de 1918. Los soldados, desplazados a Francia para combatir, extendieron la epidemia en el frente, en unas condiciones favorables para la propagación. Los informes militares, sometidos al secreto oficial, registran una rápida extensión en los hospitales militares de una afección de gripe más compleja y mortífera de lo habitual. Pero esta información no llegaba al público. Tampoco la prensa, sometida a censura, podía informar de la situación, para evitar desmoralizar a la población. En España, que se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, la prensa informó libremente de la epidemia, ofreciendo datos del avance de la infección, las zonas afectadas y los fallecidos. Circularon toda clase de datos y opiniones de uno y otro gusto, explicaciones peregrinas algunas y otras directamente absurdas, sobre las causas de la epidemia, y los posibles métodos de curación. Cuando la prensa internacional, que no informaba de la epidemia en su país, comenzó a recoger en sus páginas referencias a la gripe española, acuñó el nombre con el que la enfermedad pasó a la Historia.

En España, los primeros casos se produjeron en la primavera de 1918 en Madrid. Los periódicos recogieron referencias a una afección de gripe, inusual en la temporada, aunque no le daban excesiva importancia. Probablemente la había traído un grupo de trabajadores españoles que habían llegado en tren desde Francia. La epidemia, que causaba estragos en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, se extendió por el país siguiendo las grandes líneas de transporte ferroviario, afectando a varias grandes ciudades y localidades próximas a fines de la primavera, en el verano se difundió por las zonas rurales y no alcanzó las zonas montañosas más aisladas hasta el otoño o el invierno.

Las primeras referencias a la gripe en Mairena del Alcor las recogió a principios de junio de 1918 Jorge Bonsor. Siempre atento a lo que sucedía en el pueblo, anotó en su diario la existencia de una epidemia de gripe en el pueblo, quizás sorprendido por lo inusual de la temporada. Esto no le impidió realizar un viaje a Bolonia y Tarifa. La mayor virulencia de la enfermedad se alcanzó en el otoño, cuando se extendía ya prácticamente por todo el país y los informes sanitarios y los periódicos registraban un elevado número de fallecidos. A finales de septiembre la gripe afectó al círculo próximo de Bonsor, cayendo enfermos el niño de Patro, Carmen, su criado José y la propia Gracia.

La Junta Municipal de Sanidad de Mairena, que contaba con José Sarmiento Aguilar como asesor médico, dispuso algunas medidas sanitarias para reducir los contagios. Ordenó aislar a los afectados, la limpieza y desinfección de los lavaderos públicos, atarjea y pilar de la fuente de Alconchel, prohibió el lavado en las huertas, estableció la desinfección diaria de las escuelas, la limpieza de los cántaros en que se distribuía el agua y otras medidas habituales sobre enterramiento de cadáveres, traslado de basuras y animales muertos a las afueras de la población, y la limpieza de calles y establecimientos comerciales.

El número de casos de infección superó la centena en Mairena a fines de octubre y llegó hasta los 120 a principios de noviembre, el momento más duro de la enfermedad que la documentación municipal calificaba ya de epidemia. Aproximadamente el 15 % de los enfermos padecían un caso grave o complicado con otras enfermedades, especialmente los ancianos, y un 3 % fallecían. Diariamente el ayuntamiento registraba algo más de una docena de nuevas personas infectadas, que los médicos calificaban de tipo leve y únicamente uno o dos casos eran graves. Afortunadamente se curaban también cada día una docena de vecinos, por lo que el número de infectados activos, es decir, los que estaban enfermos en ese momento, se mantuvo estabilizado durante un par de semanas.

El gobernador civil de Sevilla prohibió visitar los cementerios (en la fiesta de Fieles Difuntos), estableció disposiciones de limpieza de calles, fuentes y edificios púbicos, un código de higiene para el transporte por ferrocarril, la clausura de escuelas y establecimientos públicos, el aislamiento de los convalecientes y la desinfección de habitaciones de enfermos o fallecidos. Para aislar a los enfermos infectados y guardar cuarentena, el Ayuntamiento de Mairena estableció un asilo en el cementerio de San José, donde también se recluía a los transeúntes sospechosos de padecer la enfermedad.

A partir de este momento cúspide, la enfermedad fue decayendo, el número de altas superó claramente al de nuevos infectados. En la segunda semana de noviembre el número de enfermos se redujo a unos cincuenta y en la tercera sólo se registraban una docena. A fines de noviembre apenas se producían nuevas infecciones ni muertes y la mayor parte de los enfermos se habían curado. Los médicos estimaban que la enfermedad estaba prácticamente acabada y el ayuntamiento se felicitaba por la eficacia de las medidas higiénicas adoptadas.

Precisamente en ese momento, en los últimos días de noviembre, se produjo un rebrote de la epidemia, con 27 casos de gripe en pocos días. Todos ellos eran jornaleros que acababan de llegar al pueblo tras haber estado trabajando en varias fincas del campo en la campaña de recogida de la aceituna. Durante el mes de diciembre se fue reduciendo lentamente el número de casos, algunos enfermos presentaban cuadros graves y varios murieron, pero poco a poco la enfermedad fue desapareciendo. Apenas se producían nuevos contagios y el número de altas superaba al de nuevas infecciones. No aparecen registros en la documentación municipal correspondiente a las navidades, lo que podría indicar que la enfermedad estaba completamente erradicada en la villa o que el número de casos era tan reducido que el ayuntamiento no los recogía, dando la epidemia por definitivamente superada. Una tendencia similar se aprecia en la mayor parte de la Baja Andalucía, con el descenso de la infección a fines del otoño de 1918 y el invierno de 1919. Aunque en algunas zonas se mantuvieron brotes durante la primavera y desaparecieron en el verano.

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Archivo Municipal de Mairena del Alcor, Secretaría, libs. 132 y 133 y Beneficencia y Sanidad, leg. 243; Archivo General de Andalucía, Fondo Bonsor, leg. 5; ECHEVERRI DÁVILA, Beatriz. La gripe española: la pandemia de 1918-1919, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 1993 y CLARET GARCÍA, Antonio María. “La gripe española”. Temas para el debate, 2009, n. 177-178.

 

Foto: Georgia Tech Andy McNeil, (ASSOCIATED PRESS)

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