El precipicio

Por Vicente de los Ríos

Normalmente suele dar vértigo acercarse a un precipicio, e incluso miedo pararnos a pensar las consecuencias de esa larga y agónica caída, pero la memoria del ser humano demuestra ser eterna para lo intranscendente, y efímera para lo esencial.

Parece mentira que después de lo vivido, y lo dejado de vivir en estos meses, en los que hemos sido los protagonistas de la película de ciencia ficción y terror más dramática que jamás hubiéramos podido pensar, seamos lo suficientemente inconscientes como para volver a emprender una carrera en la que detrás de la pancarta de meta, nos volvemos a topar con el precipicio.

Da pavor la irresponsabilidad de los grupos de personas paradas, hablando, obstaculizando las aceras, haciendo que tengas que ocupar la calzada para no atravesar un ambiente que no sabes hasta qué punto está contaminado por la inexistencia de protección en algunas de ellas. Ver cómo el uso de las mascarillas en parte de la población adolescente y juvenil brilla por su ausencia, o en el mejor de los casos las usan como coderas, entre risas y empujones, mientras uno pasea con su familia cumpliendo las normas y cargado de rabia al ver que volvemos al “todo vale” y a la falta de supervisión por las autoridades competentes.

Llevo tiempo pensando que el ser humano está avocado al “suicidio colectivo” impuesto por camicaces cortos de memoria o incluso por la economía global. Llámalo Covid-19, efecto invernadero o sobreexplotación de recursos, mientras que gran parte de la humanidad no puede cubrir sus necesidades básicas, pero estamos creando el caldo de cultivo perfecto para que la realidad que nos mostraban esas películas rodadas a finales de los años 90, en las que la Tierra era un gran desierto donde el poder lo ostentaba el que poseía el virus más patógeno y letal, y los pocos habitantes que quedaban en ella, malvivían dependientes de una bombona de oxígeno, cada día esté más cerca.

Esta visión, que puede parecer tremendista y catastrofista, y que quizás lo sea, no deja de estar basada en realidades objetivas, medibles y evidenciables, que de momento no alarman lo suficiente a la sociedad porque las consecuencias, las graves, las de verdad, las vivirán otras generaciones. Egoísmo humano…

Empatía. La palabra y el significado que más repito en mis clases cada año. Mi comodín, porque sirve para hacer recapacitar ante cualquier situación conflictiva que se nos pueda presentar en nuestro día a día, y mucho más en el de un centro educativo. La que intento sellar en el subconsciente de las generaciones que van a tener en sus manos arreglar lo que sus mayores estamos destrozando con total impunidad y sin el menor de los miramientos.

A la solución, conocida e ignorada a partes iguales por la sociedad, solo le falta el compromiso a nivel individual y las sanciones a nivel global a los “todopoderosos” que se permiten la licencia de levantarse sin acuerdos en cumbres que cuestan millones de euros y salir impunes ante sus negligentes decisiones.

Mientras tanto, no se agolpen en las aceras, no actúen como si nada pasara ya, sean empáticos, que a día de hoy, en mis planes de futuro, no tengo contemplado dejarme caer por el precipicio.

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