El cementerio del Castillo

Por José Manuel NAVARRO DOMÍNGUEZ. Fotografía Colección Bonsor

El castillo de Mairena, fortaleza medieval, museo arqueológico, centro cultural y espacio de celebraciones, también ejerció en su azarosa historia, aunque brevemente, como cementerio.

La primera propuesta de utilizar el recinto fortificado como cementerio se recoge en un informe elaborado por las autoridades francesas en 1812, para sustituir al viejo cementerio situado junto a la iglesia parroquial (en el espacio ocupado actualmente por el Hogar Parroquial). Las tropas francesas se instalaron en la calle Ancha, en un cuartel formado con varias casas requisadas y cerrado con una tapia y un foso. Pero finalmente el cementerio no se construyó.

Retomando el proyecto de las autoridades josefinas, el intendente de Sevilla solicitó en 1837 un informe al cabildo mairenero sobre la posibilidad de instalar un cementerio en el castillo. El cabildo en su informe señala que el castillo estaba en ruinas por lo que consideraba una decisión acertada instalar en su interior el cementerio encargando a la fábrica parroquial el pago de las reparaciones necesarias. Para el cabildo esta opción era la más ventajosa, pues el terreno estaba a la distancia proporcionada y en un lugar ventilado donde el olor y el peligro de infección no alcanzarán al pueblo y con poco coste se podría ejecutar la obra necesaria.

El estado de Arcos aceptó la utilización del terreno del castillo para instalar el cementerio, pero exige una contraprestación económica por la cesión de edificio. El cabildo de Mairena se negó en redondo, considerando que el castillo era propiedad de la villa y no del estado de Arcos, por lo que desafiaba al apoderado de los duques en la villa a presentar los títulos de propiedad del castillo. Caso de no poder presentarlos, solicitaba al jefe superior político que se declarase el edificio propiedad de la villa. Recordemos que en esta fecha la villa había iniciado las acciones judiciales en el pleito de desvinculación señorial contra la casa de Osuna por la definición del carácter del señorío, jurisdiccional o pleno, y la propiedad efectiva de las tierras y bienes de los duques en la villa.

En febrero de 1839, ante la falta de respuesta efectiva, el jefe superior político de Sevilla inició la gestión del expediente de enajenación forzosa del castillo para la construcción del cementerio. Finalmente, los tribunales fallaron a favor de la casa de Osuna, que conservó la propiedad del castillo, entre otros muchos bienes en la villa. Esto supuso un duro golpe para el proyecto. Todavía en 1842 el cabildo, carente de otro terreno apropiado para el cementerio, decide suplicar al duque de Osuna la cesión al ayuntamiento del castillo con un censo moderado. Ante la negativa del duque el cementerio se hizo definitivamente en el Cebrón.

Ya una década antes se había improvisado un camposanto temporal en el Cebrón para enterrar a los fallecidos en la epidemia de cólera, un simple espacio en el campo, sin vallado siquiera. Pero en 1844 el Ayuntamiento decidió cercar un amplio terreno rectangular de unos 45 m por 31 m, rodeado con una pared de casi 3 m de altura. Un par de años más tarde se inauguró el nuevo cementerio.

Desde la iglesia parroquial se bajaba al cementerio por la calle Daoiz, la plaza de Alfonso XII y el camino del cementerio, que pasaba junto a los lavaderos (actual calle Jorge Bonsor). También se podía bajar por un camino de elevada pendiente (la actual calle Castillo) y por el camino de las Piedras, que pasaba junto al foso del castillo, con una pendiente más suave.

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NAVARRO DOMÍNGUEZ José Manuel: “Los problemas del poder jurisdiccional. El señorío de Mairena del Alcor en la crisis del Antiguo Régimen”, III Jornadas de Jóvenes Geógrafos e Historiadores, Universidad de Sevilla, 1995; «La crisis del poder señorial en el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen. La casa de Arcos-Osuna en la campiña sevillana», XIV Congreso Hespérides, Priego de Córdoba, 1998 y «El castillo de Luna de Mairena del Alcor», Fortificaciones en el entorno del Bajo Guadalquivir, Alcalá de Guadaíra, 2001.

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