CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS

Por José Manuel Jiménez Jiménez

[Una tarde cualquiera paseando por la cornisa de Los Alcores puede suponer una experiencia nada convencional, extrasensorial y llena de matices que escapan a todo lo conocido hasta el momento. Manuel Ruiz Pineda, abogado visueño y amante de la historia y la arqueología, como un moderno velador de la memoria de los habitantes de los primeros asentamientos que existieron en los terrenos escarpados de la comarca, camina con pausa, pisa sigilosamente y fija su mirada en detalles desapercibidos ante nuestros ojos, aunque no para los suyos. Y de ese modo, parte del equipo de redacción de El Periódico de Mairena –acogido gentilmente en su casa para el desarrollo de una entrevista– pudo tomar conciencia de la relevancia del suelo abancalado del puerto de la Alunada en el que Manuel había localizado claros indicios de ocupación humana y, especialmente, la huella de una necrópolis de época tartésica].

V

Para que algo se proteja, primero debe conocerse; es esa una condición que se repite en todas las facetas de la cultura. Por eso la divulgación es fundamental para la puesta en valor de nuestro patrimonio histórico, con la educación como objetivo principal”, iniciaba así su intervención mientras grabábamos. Y resulta que son muchos años los que lo avalan como gran conocedor de los misterios que rodean los parajes de la cornisa y –mediante copias del registro público de sus análisis, documentos de la presentación de sus trabajos, páginas de las publicaciones en revistas científicas y comentarios sobre sus ponencias acerca de los valores que atesora la multitud de restos explorados– nos mostró apasionadamente los testimonios de las visitas a otros yacimientos cercanos a la Alunada, también de cronologías muy remotas. Dos ejemplos de todo ello son los anillos concéntricos enmarcados en una elipse configurada por un rosario de pequeñas piedras, en el sitio donde existió un auténtico observatorio astronómico; y el altar lítico de altura considerable y provisto de un acceso perimetral –denominado por él– La Media Luna. Y todo ello a través de un minucioso trabajo usando fotografías tomadas a pie de campo, vistas aéreas obtenidas con el uso de drones y el tratamiento digital y fotogramétrico de las conclusiones de su interpretación de datos recabados en los yacimientos mencionados.

Antígona penaba en la gruta de su cautiverio la osadía de haber reclamado a jerarcas y potentados de la ciudad de Tebas el digno descanso y, a su parecer, los merecidos rituales funerarios en honor al alma de su hermano Polinices: muerto en una lucha fratricida, despojado de su espada, armadura y nobles ropajes y arrojado a las fieras y alimañas para que liquidaran toda señal material de su existencia. Pues así, rememorando el mito, mientras canalizábamos nuestra conversación hacia las estructuras funerarias halladas, descubrimos que Manuel conoce cuán importante fue rendir culto a los muertos, preparar el viaje final y ahuyentar los miedos provenientes del inframundo, en todas las comunidades y civilizaciones del pasado. Sabe que se encuentra en un espacio sagrado donde las alineaciones de protuberancias rocosas no son meras formaciones geológicas de la naturaleza que se han ido depositando al ritmo parsimonioso y eterno que impone la madre tierra, sino el resultado y las consecuencias de la intervención de la mano del hombre antiguo.

Desde hace siete años solo me he perdido una vez, por motivos personales, el espectáculo solar del solsticio de invierno acompañado de mi familia”, añadía. Esta como tantas otras inmersiones y experiencias en los recovecos del escarpe e inmediaciones de los lugares donde nacimos, crecimos y vivimos en la actualidad, son motivadas por la búsqueda de respuestas y ecos que, desde hace tiempo, Manuel persigue interpelando al territorio y al paisaje, abriendo un diálogo inconcluso con el entorno. Por eso, Manuel pone su empeño, destreza y gran capacidad para ver, reflexionar, recrear pedagógicamente y hacer bastante sencillo lo más complejo. Pero el tiempo pasa inexorablemente, la erosión del escarpe avanza y la destrucción de la memoria acecha. El abandono y la profanación de las tumbas nos recuerdan a Creonte –tío, suegro y carcelero de Antígona–, fiel personificación de la crueldad, la intolerancia y la negación de la realidad. Son escasas las ocasiones en que los males del olvido premeditado de nuestra sociedad han sido combatidos o exterminados, más bien han prevalecido las veces donde el silencio se ha impuesto manteniendo y conservando el orden de las cosas, evitando así cambios para que todo siga en su lugar.

Muro de contención de la necrópolis del puerto de la Alunada; El Periódico de Mairena, 2023

Pero la persistencia de Manuel es admirable, a pesar de las adversidades y de ir a contracorriente, continúa remando hacia donde su instinto lo lleve. Nos contaba que, según diversos autores, en torno a una veintena de necrópolis protohistóricas han sido identificadas en Los Alcores y en otras áreas geográficas adyacentes, como las de Gandul-Bencarrón (Alcalá de Guadaíra y Mairena del Alcor), la del Acebuchal (Carmona) y otras dos en el Viso del Alcor, Santa Lucía y el Raso del Chirolí; en las que destacan los túmulos funerarios aunque abunda la hibridación de tipologías debido a la superposición de diferentes culturas a lo largo de los siglos de ocupación. En la Alunada, la que ahora nos atañe, el yacimiento se encuentra al norte de una falda elevada del promontorio alcoreño hasta la caída abrupta en talud en su vertiente sur, un espacio en pendiente configurado por dos bancales construidos a base de muros de contención levantados con mampuestos, dispuestos longitudinalmente y enmarcados a ambos lados por sendos grupos de edificaciones en uso.

Se trata de un lugar especial destinado a la inhumación de los restos humanos de una élite aristocrática de la primera Edad del Hierro cuya singularidad radica en el carácter ignoto de sus tumbas, “donde queda todo por descubrir”, según indicó Manuel. La Tumba de Piedra Plana del puerto de la Alunada es una excepción de todo ello porque, como sucede en las necrópolis de Frigiliana (Málaga) o La Joya (Huelva), un pequeño hoyo albergó una urna cineraria con las cenizas del cuerpo de una persona no necesariamente perteneciente a una élite social y producto de la existencia en el pasado –o a la influencia– de otras culturas sobre este recinto: “como si fuera un vaso chatón entibado con piedras, como relató en su día Jorge Bonsor”, nos señalaba. Huellas desconocidas de un tiempo perdido, aún sin catalogar y sin el reconocimiento –en cartas arqueológicas y otros documentos oficiales de interés– de la caracterización funeraria de elementos datados en el eneolítico y posteriores reutilizaciones en época romana. Sobre este último aspecto, nos transmitía Manuel que en efecto se aprecian numerosos restos de tégulas y, en especial, los de un mausoleo romano que cuenta con la plataforma ritual y una gran escalinata en su fachada sur y abierta al paisaje de la vega. Muchos más alicientes para resaltar la diversidad y pluralidad de las cualidades materiales e inmateriales del paraje de la Alunada, “un potencial parque arqueológico” en palabras de Manuel.

Postrado frente a una tumba, es increíble la sensación de poder reconocer casi totalmente el perfil completo de su silueta. A pesar del expolio masivo en estos lares, tres simples lajas o piedras achatadas configuran de forma primitiva las paredes y el techo de la cavidad interior que alberga la osamenta: convencionales maneras, pero de un hondo significado, de crear un recinto doméstico en el crucial momento del tránsito al más allá, era la simulación de la casa de quien renacía en otra vida. Y en adelante, solo nos quedará invocar sin fatalismos a los antihéroes perdidos entre las páginas polvorientas de los primeros tomos que describían nuestras pulsiones más ancestrales, retrataban los temores originales y recreaban los sueños y deseos de una incipiente humanidad. Fue Eurídice, madre del prometido de Antígona, quien ofreció su vida en una situación desesperada y de impotencia ante tanta amnesia, desprecio y fanatismo por parte de los cortesanos de palacio. Por tanto, y ahondando en su ejemplo, me pregunto: ¿Será la solidaridad entre los pueblos, la defensa compartida de la autenticidad de los valores inmateriales del legado arqueológico y la contención del irreversible y progresivo deterioro de los frágiles y vulnerables restos, aparecidos en la Alunada, la única esperanza para conocerlos y mostrar a otras generaciones de ciudadanos los secretos que aún esconden?

Tumba de la necrópolis del puerto de la Alunada; El Periódico de Mairena, 2023

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