LA FERIA EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX

Por José Manuel Navarro Domínguez
Doctor en Historia. Profesor del IES Los Alcores

Hace la friolera de cien años, la prensa sevillana criticaba al ayuntamiento hispalense por la pobre impresión que ofrecía la feria ganadera de San Miguel, celebrada en septiembre en el Prado de San Sebastián, criticaba, negro sobre blanco, la escasez del ganado presente, las pésimas condiciones del recinto, reducido a unas diez casetas, algunos puestos infantiles y unos viejos gallardetes con luces eléctricas colgadas de los árboles, y la escasa asistencia de feriantes, rematando la faena con una rotunda sentencia con aire de pareado: “Más buena y divertida y mejor la hace su alcalde en Mairena del Alcor”. Pero la feria de Mairena era ya sólo un débil reflejo de su glorioso pasado cuando era “reconocida universalmente como la más antigua y acreditada de España”. El propio Ayuntamiento de Mairena confesaba que la antigua feria de ganado había caído en decadencia, reduciéndose los tratos de año en año. El desarrollo de la mecanización comenzaba a mermar importancia a la ganadería y el trato de animales, tomando la primacía en la celebración el aspecto festivo que siempre la acompañó.

Seguía siendo una feria muy concurrida. Un gran número de personas llegaban en tren desde Sevilla, Alcalá de Guadaíra, El Viso y Carmona, aprovechando los trenes de refuerzo establecidos por la compañía con ocasión de la feria, con horarios y precios especiales, convenientemente anunciados en la prensa sevillana. Los días de feria era también la ocasión para el retorno a la villa, por unos días, de aquellos maireneros que se habían trasladado a vivir a otras localidades. Era el momento del reencuentro familiar, el contacto con amigos y la celebración festiva para los maireneros que acudían de todas partes. También era una fecha especial para el arqueólogo Jorge Bonsor, que recibía en el castillo a amigos e invitados, a los que acompañaba al real, como el arqueólogo Charles Friends y su familia, a quienes invitó al circo. Recoge en sus notas que en el real encontraba a numerosos carmonenses que venían a disfrutar de la feria. Como el labrador José Lasso de la Vega, propietario de la hacienda Buena Esperanza, situada en los terrenos que actualmente ocupa el aeropuerto de San Pablo, en la que trabajaban numerosas familias de Mairena, especialmente en temporada de recogida de aceituna.

En las semanas previas, la corporación municipal acometía labores de arreglo y adecentamiento de la villa, reparando baches y socavones en la carretera y las calles de acceso al real y se daba un blanqueado a los edificios y dependencias municipales (casa capitular, cementerio, carnicería, fuentes públicas, escuela de niños y plaza de Alfonso XII). También se arreglaba el camino que subía desde la estación de ferrocarril al pueblo, pues eran numerosos los negociantes, labradores, ganaderos y visitantes que llegaban a Mairena en tren durante los días de feria.

Ya a principios del siglo XX la villa contaba con suministro de energía eléctrica y el ayuntamiento instalaba un alumbrado extraordinario en el real de la feria durante los días de la celebración. Los empleados colocaban un tendido eléctrico con bombillas colgadas de cables, unas 25 recuerda de su infancia Antonio Mairena, que alumbraban la calle Mesones y la carretera hasta el inicio del mercado de ganados. No parecía preciso más, pues cuando caía la noche el ganado se recogía en las dehesas dispuestas en el ruedo, el mercado enmudecía y comenzaba la actividad nocturna centrada en las casetas. Entre ellas destacaban la municipal y la del Círculo Conservador, el partido político más importante en la localidad. Sus dirigentes, Lutgardo Retamino Calderón y los hermanos Manuel y José Jiménez Florindo, controlaron la alcaldía de forma continuada durante la mayor parte del periodo de la Restauración, apoyando al cacique del distrito electoral, el carmonense Lorenzo Domínguez Pascual. También disponía de caseta el Centro Obrero y varias familias y grupos de amigos, que las instalaban a título particular. Estas casetas contaban con servicio de restauración, contratado con taberneros, espacio dedicado al baile y pequeños tablaos para actuaciones musicales de grupos, cantantes de copla y cantaores flamencos.

Las casetas, puestos y atracciones se extendían a los lados de la carretera general de Madrid, en el espacio comprendido entre la primera fila de árboles del paseo y la cuneta de la carretera, con la portada del establecimiento dirigida hacia el amplio espacio de albero compactado que formaba el paseo central. De esta forma, las instalaciones formaban una barrera aislando el espacio central de recreo y circulación del tránsito de la carretera. Los empleados municipales vigilaban que se estableciesen en los espacios señalados y no estorbasen el tránsito de carruajes y los escasos vehículos a motor que ya comenzaban a circular por la carretera, todavía de tierra apisonada. Además, debían dejar expedito el paso para la circulación de personas por los laterales del paseo y el acceso desde las calles San Agustín y Verónica, que por aquellos años comenzaban a trazarse con las primeras casas.

En el recinto se alineaban las tiendas de juguetes, alimentos y cacharrería, los establecimientos de bebidas, tabernas, botillerías y los puestos de buñuelos. Antonio Mairena recuerda que, siendo niño, ayudaba en el puesto que instalaban su tía la Gorda y su abuela la Morena, en la esquina del Gordo Amores, alumbrado con un carburo, con una sangradera para la masa, un anafre de leña y un perol para freír los buñuelos que vendía ensartados en hojas verdes de palma. Junto a las casetas y tiendas se instalaban atracciones como el circo ecuestre, los tiovivos, las máquinas de caballitos, el puesto de barcas móviles, las tómbolas y otras diversiones que hacían las delicias de chicos y mayores. También señala el maestro Mairena la tasca que instalaba Joaquín el de la Paula, nombrada “El Descrédito”, a la que acudían cantaores y aficionados de toda Andalucía, a empaparse de cante y otros caldos de mayor graduación, en la que la fiesta acababa con las claras del día.

Los días de feria, por la enorme concurrencia, ofrecían ocasión para otras celebraciones, especialmente las de carácter benéfico. La hermandad del Cristo de la Cárcel instaló una tómbola benéfica para ayudar a costear las reformas realizadas en la capilla. Para la misma obra se celebró en 1924, el primer día de feria, un partido de fútbol entre equipos infantiles de Carmona y Mairena, que se saldó con victoria local por la mínima diferencia. Algunos años se celebró la Fiesta de la Flor, una cuestación para recaudar dinero destinado a luchar contra la tuberculosis. La comisión encargada la presidía Gracia Trigueros, esposa de Bonsor, y realizaban la demanda jóvenes de las familias pudientes vistiendo sus mejores galas.

Una función con castillo de fuegos artificiales cerraba la noche del último día de feria, echando el telón sobre el real, indicando a todos que la fiesta concluía y emplazando a los feriantes para el siguiente año, cuando, obligada por la tradición fundada en su centenaria historia, volvería a abrir el real de la “primera de Andalucía y la de más nombradía de la península”.

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