¿Una reina feriante?

La fama de la feria de mairena había alcanzado unas cotas que la convirtieron en un recurso literario del ambiente andaluz. Un excelente ejemplo podría ser el pequeño cuentecillo titulado En busca del lagarto

Artículo publicado en la Revista Oficial de la Feria de Abril de Mairena del Alcor 2019

La feria de Mairena se había convertido ya a mediados del s. XIX en un verdadero tópico literario. Su fama había alcanzado unas cotas que la convirtieron en un recurso literario del ambiente andaluz, que se utilizaba como elemento de sabor local en numerosos chistes, cuentos y chascarrillos. No necesariamente como un elemento imprescindible para la historia, y este es precisamente su valor como testimonio de la importancia adquirida por la feria en el ámbito cultural. Un excelente ejemplo podría ser el pequeño cuentecillo titulado En busca del lagarto, recogido en varios repertorios de chistes e historias breves de fines del s. XIX y cuya versión más antigua, al menos la que hemos podido localizar, apareció publicada el 22 de septiembre de 1871 en el periódico La Nueva Iberia, uno de los diarios más leídos en España, vinculado al partido Progresista, en el que se forjó Sagasta.

La feria no era un elemento imprescindible de la historia pero ahí radica la importancia adquirida por la feria en el ámbito cultural

Según relata el periodista, la escena tiene lugar en Sevilla, en la plaza de la Giralda para ser más precisos. Una plaza, por otra parte, inexistente y que probablemente hace referencia a la Plaza de la Virgen de los Reyes. Cierto forastero deseoso de ver el famoso lagarto de la catedral de Sevilla, recurrió al medio más usual para los turistas antes de la invención del móvil y los buscadores de internet: preguntar a la primera persona con pinta de habitante local que se pusiese a su alcance. Y el primer viandante disponible resultó ser “por casualidad hijo de la Macarena”, es decir, natural de uno de los barrios de mayor sabor local de Sevilla, como denota su castiza pronunciación.

Servidor de usté

— Y yo de usié,—contesta el interpelado.

— Aunque usté dispense, ¿podrá decirme jácia qué sitio de la catedral está corgando el lagarto?

El macareno discurre; se pasa la mano por la frente como queriendo escitar el órgano de la memoria, y contesta por fin:

— Cuélesusté por eza puerta, no dejusté de guipa jácia arriba, y lo verá junto á un diente der caballo de Napoleón, y der freno de la yegua en que fue a la feria de Mairena la mujé de San Fernando.”

Con esta rotunda explicación, cuajada de datos añadidos, pues a los residentes a la sombra de la Giralda les encanta aportar explicaciones sobre sus maravillas, orgullosos de sus monumentos, dejó al curioso visitante perfectamente informado.

La puerta de la catedral a la que se refería el nacido al amparo de la virgen de San Gil, es la situada junto a la Giralda, que da acceso, precisamente, a la nave llamada del Lagarto, un ala del pórtico que rodea el Patio de Los Naranjos. Hoy día es la puerta de acceso para grupos turísticos. La indicación dada por el improvisado y espontáneo guía a nuestro turista, es decir que se colase por la puerta, nos muestra otra época ya muy lejana, en la que no se conocía el turismo de masas y en la que era fácil acceder al templo sevillano. Atrévase usted ahora a colarse por la puerta, sorteando a los cientos de turistas haciendo cola y con los seguratas en el control … ¡Eran otros tiempos!

Acertado fue el consejo de mirar hacia lo alto, pues era ahí donde estaba ‘el lagarto’

Pero una vez en la nave, sí resulta acertado el consejo de “guipa jácia arriba·, es decir mirar hacia lo alto. El curioso turista sólo tenía que mirar hacia arriba nada más entrar por la puerta para ver el famoso lagarto colgado del techo de la nave. Se trata de un lagarto de madera colocado en sustitución del original, un antiguo cocodrilo disecado.

Y junto al lagarto, efectivamente, se encuentran los dos objetos mencionados por el hijo de la Esperanza. El diente del caballo de Napoleón, resulta ser nada menos que un colmillo de elefante y el freno de la yegua de la reina, es un freno de hierro un tanto extraño para el bocado de un caballo, pues se adaptaba realmente a una jirafa domada. Pero ¿Cómo llegaron a Sevilla estos animales exóticos?

Pues parece ser que todo se lo debemos a Alfonso X el Sabio y al sultán de Egipto. Allá por 1260 el gobernante de Egipto, deseando establecer relaciones diplomáticas con el reino de Castilla, envió una embajada cargada de regalos, entre los que se contaban los mencionados animales exóticos, un obsequio habitual en la época entre gobernantes. Los animales se quedaron en los jardines del Alcázar como curiosidades y elementos de exhibición. Tras su muerte, el cocodrilo fue conservado disecado y colgado en la catedral junto al colmillo y el freno de la jirafa.

El cocodrilo, “el lagarto” por el que preguntaba nuestro curioso turista, posiblemente deteriorado, fue sustituido por una réplica en madera. En el s. XVII, cuando fue descolgado debido a unas obras de enlucido en la nave, se introdujo un papel en el interior explicando su historia.

Pero el comentario sobre los otros dos objetos, que el macareno espontáneamente regaló a nuestro turista, muestra perfectamente la capacidad creativa de la población intentado buscar una explicación a los elementos patrimoniales conservados de tiempos pasados, que a su modo de ver, debían relacionarse con personajes y acontecimientos destacados del pasado. ¿De qué caballo podría ser aquel tremendo diente sino de Napoleón, el terrible emperador que invadió España con sus soldados?

Aunque difícilmente podría haber dejado en Sevilla uno de sus dientes el caballo de Napoleón, pues nunca estuvo en la ciudad el emperador de los franceses. Si estuvo en 1810 su hermano, José I, que llegó con el ejército francés del mariscal Victor. Un poco más tarde llegó el mariscal Soult, que se dedicó los dos años que estuvo en la ciudad a requisar cuantos cuadros le apetecieron, especialmente murillos, y que hoy enriquecen las salas de los mejores museos de Europa.

Lo del freno, que según el improvisado guía era de la yegua en la que venía a la feria de Mairena la esposa de San Fernando, es otra cosa. ¿De quién sino de una reina podría ser un freno colgado en la catedral? ¿Y a dónde podría querer ir una reina con su yegua que se lo pasase mejor que en la feria de Mairena? De hecho visitar la feria mairenera era una de las excursiones preferidas de quien por la época en que se publicó el cuentecillo, era lo más parecido a un rey que podían ver los sevillanos: el duque de Montpensier, dueño del palacio de San Telmo y sus inmensos jardines y cuñado de la reina Isabel, en esos momentos exiliada en Francia.

El ‘lagarto’, ‘el diente del caballo de Napoleón’ y el ‘freno de la reina’ se lo debemos a las relaciones entre Alfonso X El Sabio y el sultán de Egipto

Al menos tiene un punto más de proximidad a personajes vinculados a Sevilla. San Fernando y su esposa, a diferencia de Napoleón, sí estuvieron en Sevilla, conquistada precisamente por sus tropas en 1248. Y todavía sigue en ella el rey santo, enterrado en la Capilla Real de la catedral, y en el escudo de la ciudad, rodeado de S. Isidoro y S. Leandro. Pero la amazona feriante no debió ser su primera esposa, la princesa alemana Beatriz de Suabia, pues murió en 1235, cuando todavía las fuerzas cristianas no habían conquistado Mairena. Más vinculada con Mairena resulta su segunda esposa, Juana de Ponthieu, reina consorte de Castilla y León desde su matrimonio en 1237 hasta la muerte del rey Fernando en 1252. De hecho, Juana fue señora del término de Carmona por concesión real y entregó en 1248 la torre de Mairena y algunas tierras a la Orden de Calatrava, como repetidas veces ha publicado Eusebio Pérez Puerto.

Pero por muchas ganas que tuviese de saborear un buen vino en nuestro famoso real, difícilmente Juana de Ponthieu podría haber venido a una feria que no se fundó hasta 1441, cuando el rey Juan II concedió a Pedro Ponce de León el derecho de celebrar feria en Mairena. Para entonces la reina llevaba 162 años criando malvas, … y la yegua de cuello tan largo ni te digo.

Tras recibir tan sabrosas explicaciones nuestro visitante se despidió de su cicerone:

— Gracias, caraará.

— Vaya con la Mardalena.

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